No es descabellado plantear que cada vez es más frecuente en artículos, disertaciones y otras formas de comunicación científica, la mención acerca de los cambios acelerados y constantes procesos de transformación a los que se enfrenta la humanidad. Ello implica un reconocimiento tácito de que la caducidad, como fenómeno, no es aislado o típico del área de la producción de bienes, científica y tecnológica y que, además, este acelerado ritmo se proyecta en la producción social y permite apreciar, a veces de manera muy clara, cómo en determinados sectores o grupos poblacionales, la producción social de comportamientos, normas, creencias y formas de lenguaje, caducan también de manera acelerada.