Las tortugas marinas desempeñan un gran papel ecológico gracias al importante rol que tienen dentro del flujo de materia y energía para los niveles tróficos (Chacón y Arauz, 2011). Al alimentarse de diversos organismos de aguas someras, contribuyen al sumidero en los océanos, ya que trasladan grandes cantidades de carbono a zonas abisales. De igual manera, al realizar largas migraciones durante su vida, se convierten en transportadores relevantes de nutrientes (Buitrago, 2003). Por esto, es fundamental su mantenimiento en el medio natural; sin embargo, las fuertes amenazas antropogénicas a las que se encuentran expuestas como: la captura incidental en las pesquerías, el consumo humano (principalmente de su carne y huevos) y el desarrollo costero, el cual ha provocado en algunos casos la pérdida de hábitats (Segurado, 2016); sumado a sus características ecológicas, tales como: bajas tasas de crecimiento, complejo ciclo de vida, alta longevidad y maduración tardía (Eckert et al., 2000), han ocasionado grandes reducciones poblacionales.