El retroceso espacial de nuestros mapas actuales, convertidos en caricaturas del Uti Possidetis, constituye la mas incomoda prueba de nuestra irresponsabilidad territorial, y ademas proyecta una amarga sombra sobre la capacidad negociadora de la diplomacia nacional. Es lo que nos ha sucedido a los venezolanos con la perdida de la peninsula de la Guajira. En efecto, los plenipotenciarios que durante el siglo XIX encararon la expansiva politica exterior colombiana se olvidaron de echarle un vistazo a los documentos del mar escritos por pilotos, capitanes, oficiales de marina y navegantes en general, cuando la navegacion a vela todavia no habia perdido la desigual confrontacion con la maquina de vapor, y las empresas maritimas dependian de los permisos concedidos por las iras oceanicas. Porque si de rabietas acuaticas se trata, el mar frente a Colombia adolecio siempre del peor genio marino conocido. Si este hecho telurico, invariable y permanente que lleva el mismo paso de los siglos —y aparece registrado en centenares de diarios de navegacion y derroteros nauticos— hubiera sido conocido, estudiado, analizado y utilizado por nuestros discutidores limitrofes, Colombia habria tenido que olvidarse de Peninsula y Golfo para siempre. El presente trabajo desarrolla un breve repaso de las negociaciones diplomaticas emprendidas entre 1833 y 1891 —anos que marcan el comienzo de las discusiones y el final diplomatico del litigio mediante la sentencia del arbitro espanol—, y detecta la ausencia de una estrategia coherente basada en la consideracion de los documentos maritimos mencionados como titulos historicos a favor de nuestro pais. Luego revisa los testimonios de navegantes que durante siglos sufrieron las adversidades de la inmensidad marina neogranadina, explicando la utilidad de los diarios de navegacion y los derroteros nauticos en las travesias maritimas, y la inclusion en sus singladuras de todo tipo de detalles sobre las incidencias habidas en los viajes caribenos y trasatlanticos