Es un dia, como cualquier otro, en Bogota. Cientos de personas salen, muchos desde las cinco de la manana, a cumplir con sus obligaciones, y es ahi donde comienza el viaje. Cada uno sale a la espera para montarse en un bus de Transmilenio, esas cajas con ruedas, ya sean de color rojo o verde, que tienen apariencia de oruga gigante. Si lo logran sigue la lucha por conseguir un puesto para ir comodo durante todo el recorrido. Porque montar en Transmilenio no es solo ir de un lugar a otro, sino conocer esta ciudad que en cada esquina tiene una historia que contar; aunque en sus sillas esas historias tambien se escuchan. Facilmente se puede ver llorar a la joven a la que le termino el novio o a la mama que va reganando a sus hijos por el celular porque no hacen lo que deben. Durante el viaje se escuchan esos pequenos fragmentos de vida que van creando todo un mundo, y quiza sea esta la distraccion mas valiosa en la odisea, que quiero describir con importantes recomendaciones.