La epilepsia es una enfermedad crónica del sistema nervioso central que se caracteriza por la repetición de crisis epilépticas. Su prevalencia mundial varía entre el 0.4% y el 1%, y alrededor del 0.3% al 0.5% de los embarazos ocurren en mujeres epilépticas, quienes enfrentan mayores riesgos de complicaciones obstétricas y fetales. Históricamente, la epilepsia fue considerada de origen sobrenatural, pero hoy se entiende como una disfunción neuronal causada por un desequilibrio entre excitación e inhibición en las neuronas, lo que conduce a crisis recurrentes. En cuanto al embarazo, las mujeres epilépticas pueden experimentar un aumento o disminución de las crisis, siendo el parto el momento de mayor riesgo. Aunque más del 90% de los embarazos en mujeres con epilepsia culminan en partos sin complicaciones graves, hay un riesgo elevado de aborto espontáneo, parto prematuro, y otros problemas como la preeclampsia. El tratamiento con fármacos antiepilépticos (FAEs) puede aumentar estos riesgos, especialmente cuando se utilizan múltiples medicamentos. Sin embargo, algunas opciones como la fenitoína en monoterapia presentan menores riesgos. Además de los efectos sobre el embarazo, las mujeres epilépticas pueden sufrir comorbilidades psicógenas como depresión y ansiedad, que deben ser atendidas adecuadamente. En cuanto a la lactancia materna, es recomendable en mujeres con epilepsia, ya que los beneficios superan los riesgos asociados con los FAEs. Los fármacos antiepilépticos también pueden causar efectos teratogénicos en los neonatos, como malformaciones cardiovasculares y defectos en el desarrollo neurocognitivo. Por lo tanto, el asesoramiento preconcepcional es crucial para prevenir complicaciones y garantizar la salud de la madre y el feto, destacando la importancia de un seguimiento médico adecuado y la suplementación con ácido fólico.