En un lugar del mercado, de cuyo nombre sí quiero acordarme, no hace mucho tiempo un cierto «ranking filosófico» aseguró que Foucault es el filósofo más citado en el mundo ¡Y «el siglo XXI no ha devenido foucaultiano»! Hay quienes quieren creer, se esfuerzan por creer y creen que son foucaultianos, hay quienes quieren creer, se esfuerzan por creer y creen que Foucault no es filósofo. ¿Es posible ser «realmente» foucaultiano? Parece plausible que foucaultiano se podría ser de dos maneras: o bien repitiendo los actos histórico-críticos de Foucault o bien profesando su doctrina, o su sistema filosófico plegado en su discurso, o por lo menos adhiriendo a su método establecido para aplicarlo a propósito de no importa qué estudio. De la imposibilidad de la primera manera las razones son obvias. Respecto a la segunda, el estudio del pensamiento de Foucault nos devela: composiciones de algunos fragmentos filosóficos en la empresa de hacer una historia de las relaciones subjetividad y verdad, mas sin la instauración de doctrina alguna; la traza de los desplazamientos que –como provisorias estelas de espuma sobre la superficie del agua– llevan de una posición a otra, cuando lo insostenible de lo ya pensado empuja hacia otra dirección, mas Foucault no levanta un sistema teórico de proposiciones coherentes dispuesto para aplicarse a cualesquier análisis; actos histórico-críticos de lo que nosotros mismos somos en la actualidad, actos efectuados a partir de un análisis histórico de las problematizaciones –es decir, cómo y por qué, en un determinado momento de la historia, ciertos comportamientos, ciertas cosas, ciertos fenómenos devienen en un problema y se constituyen en objeto del pensamiento–, mas los discursos de Foucault no describen, ni representan, ni racionalizan, ni dicen la verdad de lo real, puesto que son ficciones que apuntan a inducir efectos políticos sobre las prácticas de los otros y de él mismo. No hay tampoco un método de Foucault fijo y dispuesto para ser aplicado en no importa qué tipo de análisis y a propósito de no importa qué cuestión 2 ; la arqueología y la genealogía no están exentas de los desplazamientos del pensamiento ni del tipo de problematizaciones que se afrontan, y solamente señalan una manera histórico-filosófica del pensamiento, qué hacer, qué buscar y qué efectos político morales inducir –hay varios tipos de arqueología y de genealogía, el abordaje de cada tipo de práctica y de problematización demandó un método de análisis particular–.Realmente Foucault fue el primero y el único foucaultiano posible. Hasta ser envuelto por la parca, Foucault hará jugar sobre sí mismo, y sobre los otros que lo escuchan, el efecto cachalote3 . En los efectos de superficie, solo deja un trazo provisorio, trabaja merced a la contingencia de sus circunstancias y situaciones diversas, que de alguna manera en algo se relacionan con su biografía, con su subjetividad. En los efectos de profundidad, esa trayectoria profunda, coherente y reflexiva, corresponde al modo de ser de la actualidad, a lo que pasa a nuestro alrededor y en lo cual estamos atrapados. Sin duda, el efecto de profundidad señala, como con el dedo, la crítica como actitud y como evento histórico del pensamiento. Actitud crítica constituyente no de la existencia que tenemos, sino de la existencia que somos, de la ontología histórica de nosotros mismos, de nuestro modo de ser en la actualidad. Nuestro modo de ser como cuestión histórico-filosófica del pensamiento nos remite no a Foucault, sino a la historia que nos constituye, a la historia que nosotros mismos somos, al modo de ser de nosotros mismos en la actualidad. ¿Y Foucault? Foucault es el nombre de unos singulares actos histórico-filosóficos y político-morales, Foucault es el nombre de una muy particular experiencia histórico-crítica de la vida.