Con sentimientos nobles, con frías razones, con amores, poderes y miserias, explícitas u ocultas, existen tantas concepciones de territorio como seres humanos: más de 7500 millones hoy, y con certeza más de 100 mil millones desde que el Homo Sapiens está en la Tierra, según estimaciones de Carl Haub. Asimismo, existe un inconsciente colectivo común donde millones de seres humanos comparten una concepción de territorio semejante, de una armonía real o soñada entre naturaleza natural y naturaleza social. En tiempos donde el consumismo, el materialismo, los egoísmos y otras miserias están a la orden del día, es un placer y un honor prologar un libro donde los territorios parecieran ser escuchados por los pueblos y sus culturas. Las tres revoluciones mencionadas por Yuval Noah Harari —cognitiva, agrícola y científica— hace aproximadamente 70 mil, 12 mil y 500 años respectivamente, fueron construyendo a lo largo de la historia unas concepciones de territorio donde la relación del hombre y la mujer con su medio geográfico visibilizaron, desde el arte, la literatura, la ciencia, la técnica y diversas creencias, modos de vivir el territorio de manera mucho más armónica que la actual, donde vivimos y padecemos nuestro día a día en ciudades y espacios rurales, o también inmersos en espacios como la televisión o internet. Es notable el desprecio por el territorio impulsado desde la Revolución Industrial hace poco más de 250 años, el cual se ha intensificado y complejizado durante las últimas fases del capitalismo, como también a partir del maltrato de prácticas propias de regímenes comunistas, como la agresión al Mar Aral, al Amur Daria y al Sir Daria en la antigua Unión Soviética.