El mundo moderno no ha acabado con la religión; tan solo ha reconfigurado el ejercicio público de la fe. La dificultad para sostenerse como un hombre de fe viene determinada por una naturaleza humana interrumpida muy propia de nuestra nueva identidad antropológica. Dios no se aparece en aquellos actos que fijó la Iglesia durante siglos, sino en la sustancia social del individuo. El comercio, y por ende el desarrollo económico, es un estado donde la voluntad divina se recrea y en su ejercicio nos conecta con esa fe que creímos abandonada.