El despliegue de la transformación puede ser visto como el desarrollo, que da poderío y que aviva la creatividad[1]. Esta, como esa capacidad que define a la especie humana, sugiere articulaciones desde la conformación del sujeto en relación con el tiempo y su contexto, evidenciada en la creación y la destrucción como variables permanentes de su existencia. Este escrito propone una mirada a la creatividad como dispositivo abierto, que es susceptible de clasificarse socialmente y desde la formación de tipo positivista entre lo que se considera bueno y lo que no. De este modo, pone de manifiesto cómo las capacidades y aspiraciones del ser humano han estado mediadas por la necesidad de cambiar de modo permanente todo lo que lo rodea, sin medir necesariamente sus consecuencias.
 [1] En sus obras El pensamiento creativo (1995) y Pensamiento práctico (1992), Edward de Bono valida la creatividad como algo inherente a los seres humanos, cuyo óptimo desarrollo se da a partir de la eficiencia de los procesos y su finalidad. La inocencia, el desconocimiento, la curiosidad, la motivación son elementos que conforman la vocación creativa que caracteriza al ser humano.