El autor describe someramente el contexto social en el que se inscribe la acción educativa en la sociedad actual, marcado por la indiferencia y la frialdad social, el individualismo, la deserción de las jóvenes generaciones de las instituciones públicas, la pérdida de influencia de la familia y la escuela en la socialización y educación de los adolescentes y jóvenes. Reivindica la necesidad del testimonio del educador como única estrategia que haga creíble su palabra. La experiencia ética se convierte en la forma privilegiada de ser testigo de lo que se dice o propone. Aboga por una antropología que convierta al otro en el referente de la conducta ética, alejándose de este modo de la filosofía idealista que contempla al ser humano desgajado de la experiencia. Su propuesta educativa se enmarca en la pedagogía de la alteridad como paradigma del discurso pedagógico y de la praxis educativa.