No han sido pocas las tensiones entre dos de las corrientes críticas más importantes de la segunda mitad del siglo xx y primeros años del xxi: a saber, los estudios culturales y la economía política.
 Los primeros son “indisciplinados” y, por ello, de difícil definición, mientras que la segunda se propone una lectura sobre la economía del postcapitalismo en una etapa postsoberana y postsimbólica. En el caso de los estudios culturales, el potencial de esa indisciplina-indefinida cuestiona la estructuración de un campo de estudios, y los lleva a acercarse más a un archipiélago heterogéneo de islas de diversa envergadura y unidas por la tenue línea de aquello que las separa.