Llegó a su edificio y tomó el ascensor, con la fatiga de un largo día de trabajo pesando sobre su espalda.
 Marcó el piso diez y esperó. Iba sólo. Esto no se le hizo extraño, pero si le hizo pensar, en lo raro que era no haber visto a nadie en todo ese trayecto. El portero del edificio—extrañamente—no estaba en su puesto de trabajo; ni ninguno de los otros empleados que siempre por allí rondan…