A través de su diario íntimo, la poeta Alejandra Pizarnik ha construido un sujeto que puede caracterizarse como inestable, marginal e incompleto. Esta falta de límites bien definidos nos ha llevado a nombrarlo «sujeto disperso», es decir, una identidad lábil que adopta diferentes formas, cuya extensión nunca es del todo conocida, pero que, a pesar de esto, se mantiene cohesionada. El análisis propone deslindar cuatro operaciones gramaticales y tres figuras de la otredad a través de las cuales la voz del discurso erige su subjetividad. Al mismo tiempo, se busca explicar los lazos que mantienen unida esta materia dispersa.