Fragmento
 En 2014 Trisha Greenhalgh publicó en el BMJ un interesante análisis que se titulaba Medicina Basada en la Evidencia: un movimiento en crisis? (1); sin duda, un título sugestivo e inquietante en particular para aquellos médicos que hemos sido educados bajo la premisa que la Medicina Basada en la Evidencia (MBE) es el nuevo paradigma de la práctica médica y la respuesta a nuestros interrogantes y problemas clínicos, a los que nos enfrentamos a diario y, más aún, a quienes hemos hecho de la epidemiología clínica una actividad complementaria. Sin dudar de los beneficios que la MBE ha traído a nuestra profesión, Greenhalgh expone una serie de problemas o inconvenientes que tal vez muchos desconocemos o pasamos por alto, como: su utilización para defender intereses particulares; el volumen de la información que sobrepasa cualquier capacidad de revisión o síntesis; beneficios estadísticos que no se traducen en beneficios clínicos o beneficios marginales; reglas o algorítmicos clínicos que desconocen la individualidad y la singularidad de nuestros pacientes; y recomendaciones que no se adaptan a la multimorbilidad, condición común en quienes pretendemos beneficiar de esta “mejor evidencia”.