Las grandes compañías norteamericanas que contaban en su patrimonio con enormes ejércitos de obreros empezaron a proponer las primeras iniciativas de responsabilidad social, más que para generar un impacto positivo en sus zonas de influencia, para atenuar o inhibir la intervención del Estado.Un cambio de mayor impacto se dio de manera casi forzosa por la devastación europea del siglo XX como consecuencia de las guerras, lo que obligó a diferentes naciones a generar políticas públicas de apoyo y mitigación de daños sociales y estructurales, a través de la deducción de impuestos a las compañías sobrevivientes (Victoria y Bohórquez, 2011, p. 248).Los daños macro y microeconómicos resultantes de las guerras se extendieron hasta la década de 1970, cuando estamentos internacionales invitan a replantear los esquemas microeconómicos y comerciales priorizando el bienestar y el desarrollo social.Nace el modelo neoliberal que es aplicado tanto en sector privado, como público, comercial y de servicios; éste genera nuevas sinergias entre los organismos estatales y privados, que permiten autonomía a las empresas sin perder el control fiscal del Estado.Para 1990, se empieza realmente a materializar y evidenciar el concepto de responsabilidad social empresarial (RSE) como valor de competitividad, sobre todo para las empresas privadas que antes no eran asociadas con el bienestar social, entonces, estas estrategias nacientes de RSE empiezan a impactar los diferentes grupos de interés de las corporaciones más robustas financieramente (Victoria y Bohórquez, 2011, p. 248).Los procesos de RSE deben involucrar a diferentes grupos de interés para el tratamiento de líneas de trabajo en lo financiero, social y ambiental, sin embargo, cada compañía establece su alcance y rigor al respecto -pues la RSE es un asunto voluntario (Victoria y Bohórquez, 2011, p. 249)-procurando que las evidencias de acción sean precisas para los grupos a los que se deben y manifestar con claridad las gestiones positivas que emprende directamente la organización.