La botella de salsa Valentina se vacía hasta casi la tercera parte: es la de etiqueta negra, la más picosa y temida por quienes padecen úlcera gástrica. Rancio anega con ella su paquete grande de frituras de harina de papa, disolviéndolas, volviendo el contenido de la bolsa de botanas en una mezcla acuosa color ámbar. Antes, agregó el jugo de tres limones completos, sal de grano y generosas cucharadas de una salsa mexicana, típica del barrio, la cual contiene una mezcla explosiva de jitomate, cebolla, cilantro y repollo, finamente picados, amén de sendas rebanadas de chiles habaneros frescos, casi un veneno de tan enchilosos. Rancio anuda con destreza su bolsa de churritos de medio kilo, sellándola por fuera y luego perfora con sus grandes dientes amarillentos y deteriorados su lado opuesto, realizando un pequeño orificio por donde succionará la potente mezcla para ingerirla.