Hasta inicios de los años noventa del siglo pasado era costumbre de los jefes políticos de distintas facciones otorgar plazas a sus lugartenientes, incondicionales y fieles, premiándolos con una y hasta dos o tres plazas en diversas instituciones y asociaciones vinculadas o no con su gremio, tan solo como compensación por sus servicios y lealtades. No era costumbre, de ningún modo, que dichas plazas tuvieran que trabajarse por parte de quienes las tenían a su nombre y las habían recibido a cambio de sus favores e influencias políticas.