En el ambiente académico específicamente español, el surgimiento de una inquietud temática en torno al horizonte abierto por los imaginarios sociales —en lo sucesivo is(es)— en el espacio de las denominadas ciencias humanas y sociales comienza a fraguarse tardíamente, a mediados de los años noventa del pasado siglo. Con anterioridad, podían ser fácilmente rastreados ciertos bosquejos puntuales alrededor del imaginario social —en lo sucesivo is— en el tratamiento dado a instancias como la ensoñación, el delirio o la fantasía en algunos autores de raigambre esencialmente filosófica. Un país en donde se ha invocado ciertamente a Don Quijote como su seña arquetípica parece naturalmente destinado a que todo lo concerniente al espectro viviente de lo irreal contenido en lo social ocupe un lugar destacado en el seno de su reflexión socioantropológica. De hecho, como posteriormente se entreverá, en la tentativa de inflexión teórica abrigada desde el is late un más o menos declarado desafío a una sobrevaloración en clave racionalista como primado de la explicación del acontecer social. La producción ensayística de J. Ortega y Gasset, de M. de Unamuno, E. d’Ors, X. Zubiri, C. Castilla del Pino; o ¿por qué no?, retrotrayéndonos todavía más lejos, B. Gracián, son unas excelentes muestras de esta permeabilidad de lo irreal en las texturas de lo cotidiano. Pero lo auténticamente categórico es que, hasta fechas relativamente cercanas, no había conseguido tomar cuerpo una intencionalidad por promover —teniendo en cuenta el acompañamiento de los mencionados bosquejos— unas líneas de investigación nítidamente sociológicas, ahora explícitas, sistemáticas y con contornos claramente definidos, regidas en su globalidad por el realce concedido al is.