IIsabela Contri o simplemente Isa, como solían llamarle incluso antes de su bautismo, pasó la mañana del 27 de agosto de 1975 frente a las ruinas de su escuela en San Juan de Limay, con la misma expresión de perplejidad que debió dibujarse en su rostro cuando escuchó por tercera vez que el mundo entero estaba viviendo una guerra fría.Si niña le llamaban en las calles desoladas, en las que los varones brillaban por su ausencia a causa de su temprano reclutamiento en las filas sandinistas, la guerra le llamaba señora y le hacían venia al cruzar frente a ella, tal como ocurrió cuando sus ojos contemplaron la natural belleza de María Asunción, la mujer que, en aquella ocasión, caminaba en puntas de pies para no pisar los clavos y las esquirlas de vidrio que habían quedado en el suelo tras el estallido de la bomba que no respetó ni el último atisbo cultural de aquel municipio nicaragüense.Las manchas de polvo en el rostro de la dama no impidieron que Isabela se detuviera, como en un éxtasis, a contemplar su liso y negro cabello, su piel canela, sus ojos negros y sus galantes hombros, dignos de soportar el manteo de una emperatriz.Qué fácil le resultó confundir entonces aquella sensación corporal de nerviosismo con el vago recuerdo de las manos de su madre acariciando sus mejillas o el suave cosquilleo que producían las flores cuando se acercan a la nariz.Antes de que pudiera desplomarse en el suelo o permitiera a la maestra notar sus mejillas