Desde el Renacimiento, hacer una ciudad hermosa es una cuestión recurrente en la teoría y práctica urbana occidental. Sobre el trasfondo de esta problemática se puede ubicar el gran tema del decoro urbano, “el ‘ajuste’ de los medios expresables al contenido expresado” (Tafuri, 1968). Los tratadistas clásicos1 declararon las ideas principales para un entorno urbano organizado y hermoso. Otra manifestación de estas ideas fue el uso monumental de la escultura en lugares públicos situando una estatua o un obelisco en el centro de una plaza, una tradición que se adoptó ampliamente después del siglo XVI.