En la fachada del reconstruido Palacio de Justicia de la capital colombiana, frente a la estatua de un Bolívar con atuendo de César y del edificio del Congreso con sus grifos tan fantásticos como los personajes que lo frecuentan, se puede leer la sentencia, también seguramente refaccionada, de Francisco de Paula Santander: "Colombianos, las armas os han dado independencia; las leyes os darán libertad".En mis años de estudiante de Derecho, cuando pasaba ante el edificio que lo precediera antes de que un rocket y un tanque de guerra la borraran por primera vez, aquella frase me parecía una contradicción.Contradicción alimentada, además, por una especie de anarquismo que entonces estimaba.Y es, en efecto, una contradicción porque las leyes son como cadenas que limitan nuestra libertad.Leyendo, sin embargo, algunos años después, las tragedias de los dramaturgos atenienses y los comentarios respectivos de Octavio Paz, entendí que el ser humano siempre está expuesto a traspasar los límites y las normas, y que la verdadera tragedia no ocurre cuando Edipo rompe el tabú y se casa con su madre, en quien engendra hijos e hijas.Más bien sucede a diario, cuando consideramos la posibilidad de aprovechar situaciones como obviar el trabajo, saltar un trámite, concretar una infidelidad, exagerar el precio de un objeto o no pagarlo.En esos momentos, cuando, a pesar del seno expuesto, la botella traslúcida con su licor a punto, la papaya puesta, nos controlamos y seguimos el curso de nuestra vida cotidiana, en esos momentos, somos totalmente trágicos y verdaderamente libres.Pues, libertad es control sobre nuestros actos, plena conciencia del destino social humano aunque sea doloroso, no la desmesura egoísta