El nuevo mundo de principios del siglo XXI es una expresión de los cambios que se han producido en las sociedades en los diez años recientes. Esos cambios deberían implicar la función de la universidad de incrementar su cobertura para que sectores provenientes de estratos medios hacia abajo en la estructura social puedan acceder a sus servicios. Si no se hace este cambio, la exclusión y la desigualdad tenderán a mantenerse y, por tanto, se limitará su vocación de servicio a una élite privilegiada, con lo cual se restringen las posibilidades de promover un desarrollo armonioso en la sociedad.