La etica profesional de los politicos se mueve en un dificil equilibrio entre las exigencias de dar a conocer las verdades que afectan al bien comun, siendo cada uno veraz y evitando cuidadosamente toda forma de mentira, y las exigencias -no menos importantes- de mantener la debida reserva sobre cuestiones que puedan afectar injustamente la buena fama del projimo o sobre materias cubiertas por algun deber de secreto profesional. En efecto, si bien es cierto que el escrutinio publico de la real valia de los politicos y de sus politicas es un bien deseable para toda forma de gobierno, y mucho mas para el regimen democratico participativo, no es menos cierto que, en determinados contextos, puede ser perjudicial para el bien comun que todo el mundo pueda enterarse de alguna accion de gobierno real o planeada, o que algunos defectos ocultos de determinadas personas -que no afecten su calidad como gobernante actual o posible- sean ventilados solo para satisfacer la curiosidad morbosa de quienes nada se ocupan del buen gobierno. Por eso nos parece de cierto interes recordar algunas ideas clasicas de la etica profesional aplicadas a los politicos profesionales, en relacion con los deberes de secreto, por una parte, y de respetar la buena fama, por otra.