La litúrgica severidad del ius civile, inspirada en el apotegma Dura Lex, sed lex, declina el rigor operativo de sus fórmulas, el deshumanizante imperio de su objetivismo procesal en la ejecución personal del deudor, como resultado de una nueva y vivificante concepción que, vertebrada en la bona fide del ius honorarium y la aequitas helénica, fecunda el brocardo del summum ius, summum iniuria como supuesto teleológico de la ciencia jurídica al servicio del hombre en su dimensión relacional y política.