En la escuela, en este espacio escénico de vida, se gestan relaciones y éstas están en riesgo: Emerge la relación entre docente y alumno, -eduformador-eduformado-, escuela y familia, y entre lo educativo y lo social. Se está asistiendo a testificar entre el silencio cómplice, un creciente y ya profundo distanciamiento, un real abismo entre las tres diadas. De un lado, una sociedad en crisis haciendo migraciones por profundos cambios en su estructura, su dinámica, sus relaciones, afanes, cultura, en su cúmulo axiológico y en su dimensión política. Familias que viven en un presente-presente en el que el día a día trae consigo desesperanza, sentimientos de pérdida, arraigos de vulnerabilidad, caminos con tránsitos de incertidumbres, sendas signadas por la inseguridad. Escenarios de vida para niños y adolescentes que poco tienen que ver con aquellos para quienes fueron pensadas las escuelas, o para lo cual fueron preparados sus eduformadores en trayectos de perfectibilidad y perfección “(...) El ideal que la educación actual debe conservar y promocionar es la universalidad democrática” (Savater, 1997:153). Hoy al territorio de la escuela entran niños nuevos, niños diferentes. La educación que es vista como el componente a través del cual se tejen posibilidades de otras movilidades sociales hacia un futuro mejor en trayectos de humanidad, que permitan corregir las desigualdades e inequidades en la distribución de los recursos materiales y el ingreso.