Sin duda el problema del Congreso no radica en sus virtuosas humoradas: ni en sus dramas de novelita del mediodia, ni en la babeante somnolencia de sus miembros ni, mucho menos, en lo infamante que debe resultar su oratoria para los reputados oidos del Instituto Caro y Cuervo. Ese no es el problema. Tampoco, y a pesar de su gravedad, se encuentra en los deslices presupuestales que suelen mancillar la reconocida honestidad de los senadores y representantes. Tal vez el subsuelo de estas contrar...