Aunque puede ser acusada de tarea «irónica y trágica»1 (por inútil y obsoleta) y frente a posturas como la ontología débil o posmetafísca, o incluso, sin miedo a decir «estamos fuera de la modernidad», es un testimonio de la tarea permanente de salvar la realidad, de ser fieles a la realidad, como repite el autor. Y también de salvar a la inteligencia, es decir, «nosotros mismos»2 (pues el destino de la realidad y de la inteligencia van a la par). Y con ello se salva la realidad y la dignidad humana, incluso de toda una civilización.